CURSO DE PRÁCTICA FILO-SÓFICA
LECCIÓN 10: ABRIENDO UN CLARO INTERIOR
Traducido por Carmen Zavala
En la lección previa vimos que cuando trascendemos nuestro perímetro, nos conectamos con fuentes de plenitud situadas más allá de nuestras limitaciones. Estas son fuentes de sabiduría que provienen de fuera de nuestros patrones habituales de comportarnos y de sentir. Nos pueden inspirar con nuevos significados; pueden animar en nosotros nuevas formas de comprensión, no sólo en pensamientos abstractos sino sobre todo en nuestras actitudes frente a la vida. Llegamos a relacionarnos a la vida DESDE estas formas de comprensión, y estas comprensiones se expresan ellas mismas en nuestra conciencia y en nuestro modo de ser.
Por supuesto que muchas de nuestras emociones y sentimientos siguen siendo gobernados por nuestras concepciones y patrones. Somos, después de todo, seres humanos – criaturas con una estructura psicológica específica y una constitución biológica influenciada por nuestro lenguaje y nuestra cultura específicos y nuestra historia personal. Sin embargo, en otra dimensión somos más grandes que estas concepciones y patrones, y podemos nutrirnos de fuentes mayores de plenitud y sabiduría.
Todo esto tiene una implicancia importante. Implica que la filo-sofía como búsqueda de sabiduría requiere que cambiemos nuestro estado mental, o de manera más general, nuestro estado de ser. Requiere de nosotros que descubramos y desarrollemos una ventana que nos abra hacia más allá de nuestras limitaciones. Nuestra tarea, entonces, es abrir en nosotros un pequeño espacio que esté vacío de nosotros – vacío de nuestras concepciones y patrones usuales, libre de nuestras actitudes normales y de nuestro ego. En otras palabras queremos abrir un CLARO en el bosque: un espacio abierto en medio del denso entramado de nuestras estructuras psicológicas. Tal como sugiere la metáfora del “CLARO”, no estamos aspirando a hacer desaparecer el “bosque” psicológico, sino más bien a crear un pequeño lugar en el bosque, por más pequeño que sea, que sea una apertura al cielo.
Esta es una capacidad impresionante de los seres humanos: Podemos estar abiertos más allá de nosotros mismos. Podemos acceder a fuentes de sabiduría que no son parte de nuestra psicología. Esta capacidad es análoga a la percepción - a ver o escuchar, así como a pensar. A través de la vista podemos ver objetos que se encuentran fuera de nuestro cuerpo. A través del oído escuchamos eventos que se dan muy lejos. A través del pensamiento podemos pensar en relaciones matemáticas o en alguien que está al otro lado del océano. Resumiendo, nuestra conciencia no solo refleja nuestra psicología y biología, sino también cosas fuera de nosotros.
De la misma manera en filo-sofía aspiramos a “ver” más allá de nosotros mismos, hacia horizontes más grandes de la realidad. Pero la metáfora de la percepción tiene sus limitaciones. A diferencia de mirar y ver, en tnato filó-sofos no tratamos de percibir objetos tales como piedras y árboles, ni siquiera ideas abstractas tales como el concepto del yo o la teoría del socialismo. Es más, no aspiramos a MIRAR la realidad, como un observador que recolecta información sobre algún objeto distante. Más bien aspiramos a una conexión distinta hacia aquellos horizontes más grandes de la realidad: abriéndonos a ellos, dejando que nos animen que nos inspiren, dejando que hablen a través de nuestra vida. Queremos que estén en las raíces que nos nutren, y no (o no solamente) frente a nuestros ojos.
Este modo de filosofar, que aspira a abrir en nosotros un claro y filo-sofar a partir de él, se llama FILO-SOFÍA CONTEMPLATIVA.
EN LA PRÁCTICA FILOSÓFICA
Abrir un claro es crucial en la segunda etapa del proceso de la práctica filo-sófica. En tanto esté en la primera etapa del proceso, cuando analizo mi caverna platónica puedo utilizar el pensamiento y el razonamiento común. Pero para avanzar a la segunda etapa y salir de esta cueva, es necesaria una actitud distinta. No me ayudaría pensar a partir de mis patrones comunes, o razonar a partir de mis actitudes de siempre. Mientras que siga filosofando desde mi perímetro, voy a permanecer en mi perímetro. Por más que razone sagazmente o haga análisis brillantísimos esto no me llevará a traspasar mis limitaciones.
En la segunda etapa del proceso, por ello, necesitamos aprender a filo-sofar desde el claro – lo que quiere decir comprender desde una realidad mayor, más allá de nuestros pequeños yos. ¿Pero cómo abrimos un claro? ¿Y cómo podemos ayudar a otros a hacerlo?
Hasta cierto punto, un claro es como un “regalo” inesperado que se nos da, que no depende de nuestros propios esfuerzos. A veces ocurre, aparentemente sin razón alguna, que nuestro ser interior se abre a nuevas formas de comprensión y de plenitud. En esos momentos especiales podemos llegar a ser más grandes que nuestros yos normales. Podemos experimentarnos como siendo parte de un horizonte mayor de la vida y la realidad.
Sin embargo, hasta cierto punto un claro depende de nosotros. Ante que nada, puede depender de nuestra atención. Los claros aparecen en nosotros mucho más seguido de lo que nos damos cuenta, pero solemos estar muy ocupados como para darnos cuenta. Nuestras concepciones y patrones usuales son demasiado poderosos y asumen el control antes de que nos demos cuenta de que algo significativo pasó. Incluso cuando nos damos cuenta, muchas veces lo descartamos como que simplemente estamos de ánimo placentero. Sin embargo, cuando nos damos cuenta de un claro y lo cultivamos, entonces experimentamos un pequeño milagro. Es como si el mundo apareciera desde una profundidad nueva, de más allá del yo cotidiano. Filosofar desde esta perspectiva es filo-sofar verdadero.
Hasta cierto punto, entonces tener claros requiere de nosotros que aprendamos a poner atención y seamos concientes. Pero además también es el fruto de trabajo, experiencia y de cultivarse. Al trabajar en nuestro estado mental podemos aprender gradualmente a desarrollar una actitud interna que invite a que se den los claros. Con la experiencia podemos aprender gradualmente a empujar hacia atrás a nuestro yo de siempre y a abrir un espacio libre en nosotros mismos. Luego podemos aprender como involucrarnos en el mundo, en nuestro trabajo y las gestiones diarias y al mismo tiempo ser también más grandes que nuestro ajetreado yo.
Esto es entonces la tarea central del filó-sofo práctico: Aprender a fijarse en sus claros y cultivarlos.
EJEMPLO
Linda organiza un fin de semana filo-sófico en una casa en el campo. El viernes en la noche el retiro empieza con una larga discusión filosófica sobre el yo. Se proponen algunas teorías y los compañeros discuten sobre ellas.
A Daniel, uno de los once participantes, esto le parece aburrido. En tanto estudiante de filosofía es bueno argumentando y analizando. Pero recientemente siente que las discusiones filosóficas usuales son limitadas y que no lo llevan a ninguna parte. Siente que van en círculos, quedándose siempre en el mismo modo de pensar, en la misma aproximación a las ideas y al mundo. Quiere algo nuevo, pero no sabe qué. De hecho, ese es el motivo por el cual decidió participar en el grupo filo-sófico de Linda.
A la mañana siguiente Daniel se levanta temprano y se va a pasear por su cuenta. Se sube a la cima de una montaña y se sienta en silencio. Mirando el paisaje debajo de él, se da cuenta de que una profunda quietud va surgiendo dentro de él. Sus pensamientos son silenciados. La cháchara de siempre en su mente, desaparece.
Después de un rato, el tema de la discusión de la noche pasada emerge en su mente. Las ideas aparecen en su mente de manera muy clara, y él deja que se desplieguen. Sorprendentemente no siente esa necesidad de siempre de juzgar, de evaluar, de tener una opinión, de tomar partido por una de las partes. Simplemente contiene las diferentes voces y las deja hablar dentro de si.
Entonces en su mente un nuevo pensamiento se formula a sí mismo: “¿Dónde estoy yo en todas estas ideas? ¿Cuál de ellas es mi opinión? ¿Cuál soy yo?” De alguna manera extraña siente que la mejor respuesta es el silencio. Porque se da cuenta de que no está limitado a una opinión específica. Está con todas las ideas en el mundo, está en todas partes.
La experiencia sólo toma veinte minutos, pero continúa resonando dentro de él durante el resto del día. Linda se da cuenta de que está inusualmente callado. “No estás diciendo mucho hoy día, Daniel.”
Daniel le cuenta de su experiencia. “Sentí”, añade,” que mis reacciones y opiniones de siempre no eran relevantes. De hecho, sentí que yo - mi yo usual- no era relevante.”
“Esa es una experiencia muy valiosa, Daniel. Gracias por compartirla conmigo.¿Y qué vas a hacer con ella?"
“¿A qué te refieres?"
“Una experiencia es sólo una experiencia, Daniel. Después de un rato se va y desaparece. Si quieres que sea más que sólo una memoria, entonces guardarla en tu corazón. Trata de volver a la apertura interior que experimentaste. Trata de explorarla y cultivarla. Trata de ver qué te puede enseñar.”
“Es esto lo que llamas un claro?"
“Es una EXPERIENCIA DE un claro. Un tipo de experiencia entre muchas otras. Tú lo experimentaste como un silencio interior, pero a veces experimentamos un claro de otra manera: como una ola de inspiración, o como un sentimiento de compasión, como si estuviéramos con el mundo entero. Lo importante no es el sentimiento, sino la apertura y lo que te puede enseñar. Si logra empujar hacia atrás los patrones usuales en ti, al pensador de siempre, entonces es un claro.”
Dos semanas más tarde, cuando Daniel visita a Linda, ella le pregunta si es capaz de re-experimentar el claro.
“No, no totalmente. Sólo hasta cierto punto. Pero nunca con la misma fuerza como se dio en el retiro. Pero muchas veces puedo hacer volver algo de esa apertura. Y cuando eso sucede, a veces tengo comprensiones nuevas maravillosas. Pero otras veces trato y no funciona en absoluto, especialmente cuando estoy cansado o preocupado.”
“No te preocupes del éxito y el fracaso”, dice Linda. “Los claros tienen una dinámica propia. No trates de controlarlos, o sino los vas a ahogar con tus ideas y patrones, trata de invitarlos sin forzarlos.”
EJERCICIO
Es difícil producir un claro a pedido, pero es posible invitarlo y por lo menos llegar a degustar un poco del claro. Para hacer eso, siéntate en silencio en un lugar tranquilo. Elige un pasaje corto y poco común de algún libro y léelo lentamente. El texto debería ser uno o dos párrafos de texto denso (sin muchas repeticiones y explicaciones) y que trate sobre alguna idea particular cotidiana (el yo, el amor, la libertad, etc.) La filosofía clásica o los textos de poesía son especialmente apropiados. Como ejemplo están los pasajes de Marco Aurelio, Nietzsche, Emerson, Rilke, etc.
Centra tu mente en el texto y léelo muy lentamente – mucho más lento de lo que sueles leer, deteniéndote un momento en cada palabra. Esto ayudaría a eliminar el flujo acostumbrado de pensamientos automáticos. Trata de ESCUCHAR lo que dice el texto, como si estuvieras escuchando a un amigo. No analices, no impongas tus pensamientos al texto – deja que simplemente hable en ti. Si algunos pensamientos irrelevantes penetran tu mente, no los escuches, pero tampoco luches contra ellos. Simplemente no les prestes atención y déjalos pasar.
El éxito de este ejercicio depende de muchos factores. Pero si tiene éxito, después de algunos minutos vas a experimentar una apertura silenciosa, una apertura del escuchar, libre de los pensamientos de siempre que normalmente tratan de analizar, asir, controlar, organizar. En tu mente quizás surjan nuevas comprensiones.
Después de llegar a degustar un poco de esta apertura, trata de ver si también se da en ciertos momentos de tu vida cotidiana.