Y luego lo comprendí: Él estaba tratando de hacer mis textos más precisos de lo que realmente eran. Estaba “traduciendo” mis palabras a ideas muy bien definidas.
Cuando hablo o escribo en filo-sofía, mis palabras contienen un elemento que es indefinido, que está indefinido. Cuando digo, por ejemplo, “ir más allá de mis límites” o “voces de la realidad humana”. No tengo una definición exacta de qué significan esas palabras. Puede ser que tenga una representación en mi mente, una imagen, algún tipo de comprensión parcial, pero la gran parte permanece en mi entendimiento de manera vaga.
No se trata de un desafortunado accidente. Respeto el elemento de indefinición en las ideas que hablan en mí. No quiero imponerles límites precisos. Porque pueden hacer algo muy importante precisamente porque son indefinidas:
Su apertura me permite estar abierto. Como su significado está abierto, no me mantienen encerrado dentro de los muros de una opinión establecida. Cuando reflexiono sobre ellas, me hacen explorar qué es lo exactamente implican y por lo tanto me alientan a investigar nuevos significados. Actúan más como preguntas sabias que como respuestas, como señales de tránsito que me indican que debo caminar en determinada dirección, que todavía no llego a explorar completamente.
Resumiendo, el rol de estas ideas indefinidas es ayudarme a develar una visión que todavía no me está clara. No delimitan mis pensamientos en definiciones y distinciones, no precisan mi visión, sino que abren mi mirada a más significados y nuevas formas de comprensión.
No quiero decir que las ideas definidas sean inferiores, y que haya que hacerlas indefinidas a todas. Aquellas también tienen su función, pero esta función es diferente.
Mi punto es, que cuando solo tenemos ideas muy bien definidas, tendemos a cerrarnos en teorías y opiniones inflexibles. Los límites de nuestro mundo se nos hacen entonces demasiado precisos, las distinciones demasiado terminantes y demasiado rígidas – como los muros de la caverna de Platón.
Pienso que en la historia de la filosofía, el elemento indefinido en las ideas muchas veces ha sido ignorado e incluso suprimido. Muchos filósofos se han preocupado en definir y esclarecer y precisar ideas, como si estuvieran tratando de purificarlas de todo rastro de vaguedad sospechosa.
Esto tal vez sea así, porque la filosofía tradicional muchas veces considera a las ideas como teorías que han de ser poseídas y transmitidas. Sin embargo, si la filo-sofía ha de ser una búsqueda de la sabiduría y un modo de vida, entonces las ideas son importantes no como posesiones, sino por lo que nos pueden hacer: develarnos nuevos caminos de comprensión que nos conduzcan más allá de nuestras actuales limitaciones.
Claro que todo esto no debería ser una excusa para un pensar descuidado o para escribir de manera confusa. Las palabras filo-sóficas tienen que ser precisas, aunque no en el sentido de definiciones exactas, sino más bien en el sentido de la precisión de un poema. Las palabras deberían ser elegidas con mucho cuidado, para dar voz a las ideas que se quieren expresar, y para permitir que lleven a cabo su importante función, esto es, el abrirnos realmente a visiones aun no exploradas.
Desde esta perspectiva, mis reflexiones no deberían ser vistas como teorías o como opiniones personales. Mis escritos solo son valiosos en la medida en que forman parte activa de mi búsqueda abierta de nuevos horizontes de comprensión y sabiduría – y que ojalá ayuden también a otros en esta búsqueda. Esto es el motivo por el cual, cuando mi lector tradujo mi texto a ideas claramente delineadas se perdió un elemento crucial: su apertura.
Y entonces ¿qué es lo que quiero decir cuando digo “darle la palabra a la realidad humana” o “estar abierto a nuevos horizontes de comprensión”? Solo puedo dar una respuesta muy vaga. Pero esto es el por qué estas ideas me inspiran a seguir buscando.
E incluso esta reflexión que acabo de escribir no es una idea definitiva. No la estoy escribiendo aquí para sentar los principios de la filo-sofía, ni para construir una teoría sobre la indefinición, sino para darle voz a una visión abierta que surge en mí y que quiere ser explorada. Efectivamente, estoy escribiendo mi experiencia personal cuando estoy escribiendo mis reflexiones, la experiencia de darle voz a unas ideas que no comprendo del todo. Siempre que escribo una reflexión, me doy cuenta de que las ideas que surgen en mí apuntan en determinada dirección, me doy cuenta de que me quieren llevar más allá, pero no puedo ver hacia dónde exactamente me están llevando. Poco a poco sin embargo, van revelando más sobre ellas mismas, y también me llevan a más ideas, que a su vez me llevan más allá a través de su apertura.
Y por mí, esto está bien. No siento ninguna necesidad de agarrar y poseer y controlar las ideas. ¡Que se desarrollen en su propio ritmo y a su manera! Confío que me llevarán por pasajes con sentido.
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El mes pasado nuestro grupo de compañeros filosóficos se reunió en Florencia. Fue nuestra primera reunión cara a cara. Me parece que para todos nosotros fue una tremenda experiencia de comunión filosófica. Esto puede parecer sorprendente. Cuando ocho filósofos de cinco diferentes países se encuentran, pareciera probable que terminen encontrándose discutiendo y disputando. Todos nosotros somos filósofos prácticos activos. (incluyendo algunos líderes de organizaciones), y gente como esa normalmente tiene sus propias agendas personales y convicciones. Normalmente, este tipo de situaciones lleva a desacuerdos. Y sin embargo, a pesar de que estuvimos filosofando todo un fin de semana, nunca llegamos a una verdadera disputa.
No quiero decir, que estuvimos de acuerdo en todos los temas filosóficos. El punto es que el asunto del acuerdo o desacuerdo nunca fue importante en nuestras conversaciones. Claro que cada uno de nosotros tenía perspectivas distintas sobre las cuestiones filosóficas, pero en vez de pelearnos por estas diferencias, las acogimos de buen grado y las usamos para construir un “diálogo polifónico” (ver reflexión 19). “Cantamos” diferentes “voces” en un coro común.
¿Cómo fue posible esto? ¿Cómo pudo el filosofar – es decir, un discurso tan confrontacional- trascender las diferencias del plano de la opinión personal?
Me parece que la respuesta principal es esta: No estábamos interesados en definir nuestras opiniones. No estuvimos ocupados aclarando nuestros conceptos y precisando nuestras ideas, como suele ser tan común en la filosofía tradicional. Es más, no estábamos interesados en lo que la filosofía académica considera como precisión y exactitud. Al contrario, preferimos dejar nuestros conceptos e ideas abiertos de alguna manera, con delimitaciones algo indefinidas. En consecuencia nuestras diferentes “voces” filosóficas pudieron aceptarse las unas a las otras. Pudieron interactuar y explorar conjuntamente, en vez de chocar y contradecirse. Los muros que normalmente separan una opinión de otra fueron desmantelados.
En otras palabras, no tratamos nuestras ideas como productos terminados y bien definidos. Cuando alguno de nosotros expresaba una idea, él o ella no pretendían que esto fuera la última palabra, sino la puerta para exploraciones futuras, un dedo que apunta más allá de sí mismo, una fuente de inspiración para más ideas, una invitación a otros para unirse a nosotros y responder.
No creo que hayamos hecho con una intención plenamente conciente. Pero echando una mirada hacia atrás al proceso, creo que esto es lo que de facto ocurrió, y lo que nos permitió experimentar un nuevo tipo de diálogo filosófico.